Por qué cada día ganamos menos en las apps de transporte en Colombia como Didi, Indriver, Uber

(y no, no es culpa de enero ni del combustible)

Introducción: esto no es lloradera

Antes de empezar, vale la pena aclarar algo. Cada vez que alguien intenta explicar lo que pasa con las tarifas en las aplicaciones de transporte, aparecen los comentarios de siempre: que es “lloradera”, que “deje trabajar”, que “si no le sirve busque empleo”, que “venda el carro y haga empanadas”.
Ese tipo de respuestas no analizan nada, solo cierran la conversación.

Este texto no busca dar lástima ni pelear con nadie. Busca algo más simple y más necesario: explicar, con calma y sin adornos, por qué los valores de los servicios están tan bajos en Uber, DiDi, inDrive y similares, sin importar si es enero, febrero o cualquier otro mes. Esto no es temporal. Es estructural.


Las apps no viven del conductor, viven del usuario

El primer error es pensar que la aplicación y el conductor están del mismo lado. No es así. Uber, Didi, Indrive y otras lo analizaron desde el principio y todos caimos en la trampa.

Las apps de transporte no son empresas de ese gremio. Son plataformas tecnológicas. Su cliente real es el usuario, no el conductor. El objetivo de la app es que el usuario esté contento, que sienta que el viaje es barato, rápido y disponible. Mientras eso se cumpla, el negocio funciona.

La aplicación ya cobró su comisión cuando el conductor recargó saldo o aceptó trabajar bajo sus condiciones. El combustible, el mantenimiento del vehículo, el desgaste, el tiempo perdido, el riesgo en la calle y la inflación no los asume la app. Todo eso recae sobre el conductor.

Si el conductor gana bien o mal, a la plataforma no le afecta. Mientras haya alguien dispuesto a aceptar el viaje, el sistema sigue funcionando.


El cálculo del precio: más simple de lo que debería ser

Otro punto clave es cómo se calcula el valor del viaje.

La mayoría de las aplicaciones trazan la distancia desde la ubicación del conductor hasta el punto de encuentro y luego hasta el destino final en línea recta. No por la ruta real. No por el camino que realmente se va a recorrer.

Eso significa que el sistema no toma en cuenta:

  • tráfico
  • semáforos
  • retornos
  • desvíos
  • vueltas obligatorias
  • calles cerradas

El resultado final es un precio sugerido artificialmente bajo. Y esto es importante decirlo sin rodeos: no se trata de un error técnico ni de un cálculo mal hecho. Es una decisión de diseño. El sistema está construido para mostrarle al usuario un valor atractivo y para empujar las tarifas hacia abajo de forma constante. Ese diseño no es neutral y no es casual; responde a un objetivo muy claro: mantener al usuario satisfecho y dispuesto a usar la aplicación una y otra vez.

A esto se le suma otro elemento que confunde a muchos conductores: los desgloses y reportes que entregan las plataformas. En esos informes se muestra cuántos servicios se realizaron, cuántos kilómetros “se recorrieron” y cuánto se pagó por cada kilómetro. A simple vista, esos números parecen razonables e incluso dan la sensación de que el ingreso está bien calculado. El problema es lo que no se muestra.

La plataforma nunca incluye en ese reporte los kilómetros que el conductor recorrió para ir hasta el punto de encuentro a recoger al usuario. Esos kilómetros no existen para el sistema, pero sí existen para el vehículo. Consumen combustible, generan desgaste, quitan tiempo y aumentan el riesgo en la calle. Sin embargo, al no estar reflejados en el resumen, el conductor termina comparando ingresos contra una distancia incompleta, creyendo que el valor por kilómetro es aceptable cuando en realidad no lo es.

Ese “engaño” no es burdo, es sutil. No se miente de forma directa, pero se omite información clave. Y cuando se omite una parte fundamental del recorrido, cualquier cálculo queda distorsionado. El conductor cree que está ganando X por kilómetro, cuando en la práctica está ganando mucho menos, porque esos kilómetros invisibles también cuestan dinero.

Al final, el sistema logra su objetivo: presentar cifras ordenadas, limpias y aparentemente justas, mientras oculta una parte del trabajo que sí se realiza. Esa omisión refuerza la idea de que el precio sugerido es correcto, cuando en realidad está construido sobre una base incompleta. Y mientras eso no se entienda, muchos seguirán aceptando viajes creyendo que “los números dan”, cuando en la realidad, el balance siempre termina en contra del conductor.


La distancia que nadie quiere ver: del conductor al punto de encuentro

Siempre se escucha: “ese viaje está barato del punto A al punto B”.
Pero casi nadie suma lo que pasa antes.

La distancia desde donde está el conductor hasta el punto de recogida también se recorre. También consume gasolina. También desgasta el carro. También quita tiempo. Y ese tiempo no se paga.

Ese recorrido previo es invisible para el usuario y convenientemente ignorado por la app, pero para el conductor es un costo real. Cuando no se tiene en cuenta, cualquier análisis del valor del viaje queda incompleto.


La libertad del usuario para bajar el precio: el punto crítico

Aquí está una de las raíces del problema.

La aplicación le da al usuario la posibilidad de bajar el valor sugerido del viaje casi hasta el piso. Formalmente dice que es el usuario quien propone. En la práctica, la app sabe exactamente lo que está haciendo: poner a competir a los conductores entre sí.

El usuario aprovecha la oportunidad de ahorrar dinero. Eso es normal. Nadie paga más si puede pagar menos. El problema no es el usuario. El problema es el sistema que permite que esa rebaja no tenga ningún límite lógico.


El papel incómodo del conductor en todo esto

Aquí viene la parte que más molesta escuchar, pero que no se puede ignorar.

Las tarifas siguen bajando porque los conductores las aceptan. No por ignorancia, sino por necesidad, ansiedad, frustración o afán. Frases como “todo suma”, “plata es plata” o “es mejor poco que nada” terminan justificando viajes que no cubren ni los costos básicos.

Cada vez que un conductor acepta un viaje muy barato, le está enseñando al algoritmo que ese precio es viable. El sistema aprende. Registra. Normaliza. Y lo que antes era una excepción se convierte en regla.

Con el tiempo, la app ajusta sus valores porque ya comprobó que siempre habrá alguien que acepte.


No es culpa de uno solo, es un problema estructural

No es justo decir que el culpable es solo el usuario. Tampoco que todo es culpa de la aplicación. Y tampoco señalar a un solo conductor.

El problema es estructural. Se sostiene porque:

  • la app quiere viajes baratos para atraer usuarios
  • el usuario quiere pagar menos
  • el conductor, presionado por la necesidad, acepta

Mientras ese ciclo no se rompa, las tarifas seguirán bajando, aunque suba el combustible, aunque suban los repuestos y aunque suba el costo de vida.


Conclusión: no es llorar, es entender el juego

Esto no es una queja vacía. Es matemática básica y lógica económica.

El sistema no se va a corregir solo porque no tiene ningún incentivo para hacerlo. La aplicación ya cobra su comisión. El usuario está contento. El único que asume el desgaste es el conductor.

Y mientras no se entienda que el tiempo cuesta, que la distancia al punto de encuentro cuesta y que aceptar precios bajos hoy define las tarifas de mañana, el resultado será siempre el mismo: trabajar más para ganar menos.

Hablar de esto no es llorar. Es intentar entender cómo funciona el juego antes de que nos siga pasando por encima.

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